Capitulo 19
Desde ese día en que descubrí la super-velocidad y por varios años más, no hay mucho que contar, sino sólo situaciones aisladas. Supongo mejor ir contándolas a medida que vengan en falta.
Aproveché los años entre esos once y los dieciseis para, escudándome en mi torpeza adolescente, ir encontrando los límites de mi fuerza y mi velocidad.
Otros días me los pasaba encerrados con un tercio de la revista del hermano de Juan Figueroa, que cuando ya era imposible seguir usándola sin que lo note, cortamos por lo sano (y en tres a la revista) y la hicimos desaparecer.
Suponíamos que a nosotros nos iba a servir bastante más que a el.
Esos fueron años tranquilos y felices. Las lagunas se secaron, los precios de la agricultura se desplomaron, y el pueblo quedó estancado en lo que más o menos es hoy en día.
Las chicas de la escuela fueron creciendo tetas (aunque ninguna se acercaba ni remotamente a las de la revista, con lo cual, para mi mente acalorada las hacía casi repugnantes) y cuando cumplieron quince empezaron a quedarse embarazadas de chicos más grandes, lo cual hacía que nosotros, sus compañeros de curso, pasáramos más tiempo encerrados en los baños intentando sacar nuestras frustaciones.
La vida normal, digamos.

