Capítulo 18
Me había quedado en el descubrimiento de la super-velocidad.
Los Figueroa viven del otro lado del pueblo, a unas siete cuadras de los galpones del ferrocarril. Cuestión que apenas salimos, entre el barro y la ansiedad, intenté acelerar tan rápido que me resbalé y me caí.
Los chicos se dieron vuelta, dijeron algo como:
- ¡Aaaaa naboooooo! - señalando con el dedo y siguieron corriendo.
Entonces me paré, y me puse a correr concienzudamente. Esto es, cada vez corria más rapido, pero no dejaba que mis pies se fueran a adelantar a mi cuerpo, ni avanzaba una pata hasta que la otra no estuviera bien plantada en el piso.
Esto, quien lo haya hecho, es bastante común.
Mientras hacés algo así vas pensando “hop, hop, hop, hop” con cada paso.
Cuestión que mi primer hop me avanzó medio metro, el segundo, un metro, el tercero y a estaba casi saltando hacia adelante y en el cuarto ya tenía que empezar a controlarme porque entre salto y salto me tragaba las paredes. Cuando doblé la esquina de la principal, que son como cuatro cuadras que si uno quiere ir a lo de Figueroa se toman derecho ahí aceleré.
Los chicos, que iban unos veinte metros adelante mío, al tercer hop ya estaban bastante atrás, y se sentía tan increíble, tan espectacular poder correr a cualquier velocidad, que al décimo hop, cuando se me estaba acabando el pueblo, pegué un salto y seguí así a los saltos, hop hop hop hop.
Cuando me cansé de correr hacia ningún lado, y para peor, en el barro de los potreros, di media vuelta e hice lo mismo para el otro lado. Encontré a los chicos cuando llegaban a la casa de Juan.
Estos estaban sin aire, agarrados de las rodillas, esperando para poder entrar a la casa sin levantar sospechas.
Yo estaba todo embarrado, así que, no importando las ganas de por fin ver una Penthouse de verdad (porque haría unas tres semanas antes, el Gordo Martínez había contado que el sí había visto una y, para no quedar como un gil, le había inventado que yo también, que obvio que ¡que tetas!, que ¡que culos! y que mi revista era la nº5 y otra sarta de mentiras que nadie aún así me creyó), me tuve que ir a mi casa a cambiar.

