El Argentino

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Capitulo 14

Apenas llegamos a la escuela ese Lunes con Mateo nos hicimos los interesantes como que teníamos un secreto pero que no lo ibamos a contar. Pasa que cuando uno tiene, por fin, algo que contar en Mones Cazón, lo mejor es sacarle todo el jugo posible y la mejor manera de hacerlo es contar que tenés algo para contar, pero no contar qué.

Entonces, riéndonos y cuchicheando, logramos que el interés por nuestro cuento se agrandara hasta el segundo recreo.

En el post anterior dije que eramos siete, pero no conté que eramos siete varones. Y en mi curso había ocho chicas, pero como las chicas que iban conmigo no aportaban mucho (todavía) a mis problemas diarios sino que eran algo que “estaba ahí”, no suelen aparecer muchas veces.

En el segundo recreo, la intriga ya era tanta que el Gordo Martínez nos amenazó con una trompada grado dos a cada uno si no lo decíamos. Mateo aflojó y contó que yo había tirado una piedra tan pero tan fuerte, que había hecho patito y la piedra se había ido hasta el infinito.

Obviamente, la mayoría no lo creyó y lo desestimó por exagerado, y el Gordo Martínez nos dijo que como el cuento había resultado ser malísimo, nos iba a pegar la piña lo mismo que si no lo hubieramos contado.

Para retrucarle, nosotros le dijimos que el decía eso, porque tirar una piedra hasta el infinito era mucho mejor que haber hecho ocho patitos, y que incluso sus ocho patitos también estaban en duda.

Eso lo dije yo, y por eso es que me hice merecedor de una piña grado siete.

Hasta ese momento nadie había hecho la conexion (lo cual da una idea del nivel intelectual del pueblo) entre la fuerza para tirar una piedra y la fuerza en general, así que el Gordo Martínez no hizo más que tomar carrera (la piña grado siete le llevaba dos pasos de carrera) y lanzar su mejor trompada.

Yo cerré los ojos y apreté los músculos de la panza para recibir el golpe (también fruncí el culo, pero eso era más por el cagaso que por el golpe en si).

El Gordo pega, ¡PAF!, se rompe la mano y se tira al piso a lloriquear.

En ese momento, bien cobardes que eramos todos y sin entender del todo lo que había pasado, lo empezamos a patear.

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Cuenta la historia que Dios quiso mandar a la tierra un Superhéroe. En el formulario de envío, en la casilla que decía destino, escribió, como siempre, Manhattan. Por uno de esos errores comúnes en los servicios públicos, terminó naciendo en Mones Cazón.

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