Capitulo 21
Cuándo le conté a mi viejo que quería irme en las vacaciones de invierno a Buenos Aires a hacer orientación vocacional y por más que no tenía idea de que se trataba, casi le da un síncope. Más tarde, y mientras yo hablaba por teléfono con Mateo siento que me toca el hombro.
- ¿Lo de la orientación esa no es de trolos? - preguntó.
- ¿Cómo va a ser de trolos viejo?, ¿de que hablas?
- No dije trolos, dije curas - contestó el viejo un tanto obtusamente
- ¿Las opciones son cura o trolo viejo?
Pidió un minuto con la mano, frunció el seño y se fue a su cuarto a sopesar las otras pocas opciones que se le ocurrian tuvieran que ver con las palabras “orientación” y “vocacional” y que no tuviera que ver con los trolos o los curas. A la media hora, ya estaba convencido de que iba a ir a ver una especie de fonoaudiólogo o algo asi y no se opuso más.
Capitulo 20
Algo que a la gente al parecer les cuesta mucho entender es:
- ¿Cómo te considerás un super-heroe si, por lo lo que venís contando hasta ahora, nunca frenaste ni siquiera un crimen?
Yo suelo contestar que no soy un super heroe sino un monescacence con mucha fuerza y muy rápido, además de excelente en la cama. Que lo que haya escuchado yo no puedo respaldarlo y lo podemos perfectamente descartar como un rumor.
Lo del crimen, por otro lado, uno tiene que pensar que en Mones Cazón nunca pasa del robo de una o dos gallinas, y las veces que me insistían tanto para que fuera y revisara, lo peor que podía pasar era que me invitasen a comer un guiso, con lo cual todo quedaba zanjeado bastante fácil.
Y los crímenes en otros lados, tristemente tengo que decir que cada vez que algo pasaba en Pehuajó o en los otros pueblos de la zona, para cuando nos enterábamos ya estaba todo cocinado y empaquetado.
No tiene ningún sentido llegar a la escena del crimen después de que se hayan limpiado a toda una familia, que después me persiguen las pesadillas. Y como decía antes, que tampoco soy tan inteligente como andar haciendo la de Sherlock Holmes por Pehuajó.
Casi siempre que pasa algo, dos semanas antes de que pase, incluso, ya se sabe quién fue que lo hizo.
Pero eso era en Pehuajó, y eso era antes de irme a estudiar a Buenos Aires.
En Buenos Aires, como en toda ciudad grande, las cosas eran bastante diferentes.
Capitulo 19
Desde ese día en que descubrí la super-velocidad y por varios años más, no hay mucho que contar, sino sólo situaciones aisladas. Supongo mejor ir contándolas a medida que vengan en falta.
Aproveché los años entre esos once y los dieciseis para, escudándome en mi torpeza adolescente, ir encontrando los límites de mi fuerza y mi velocidad.
Otros días me los pasaba encerrados con un tercio de la revista del hermano de Juan Figueroa, que cuando ya era imposible seguir usándola sin que lo note, cortamos por lo sano (y en tres a la revista) y la hicimos desaparecer.
Suponíamos que a nosotros nos iba a servir bastante más que a el.
Esos fueron años tranquilos y felices. Las lagunas se secaron, los precios de la agricultura se desplomaron, y el pueblo quedó estancado en lo que más o menos es hoy en día.
Las chicas de la escuela fueron creciendo tetas (aunque ninguna se acercaba ni remotamente a las de la revista, con lo cual, para mi mente acalorada las hacía casi repugnantes) y cuando cumplieron quince empezaron a quedarse embarazadas de chicos más grandes, lo cual hacía que nosotros, sus compañeros de curso, pasáramos más tiempo encerrados en los baños intentando sacar nuestras frustaciones.
La vida normal, digamos.
Capítulo 18
Me había quedado en el descubrimiento de la super-velocidad.
Los Figueroa viven del otro lado del pueblo, a unas siete cuadras de los galpones del ferrocarril. Cuestión que apenas salimos, entre el barro y la ansiedad, intenté acelerar tan rápido que me resbalé y me caí.
Los chicos se dieron vuelta, dijeron algo como:
- ¡Aaaaa naboooooo! - señalando con el dedo y siguieron corriendo.
Entonces me paré, y me puse a correr concienzudamente. Esto es, cada vez corria más rapido, pero no dejaba que mis pies se fueran a adelantar a mi cuerpo, ni avanzaba una pata hasta que la otra no estuviera bien plantada en el piso.
Esto, quien lo haya hecho, es bastante común.
Mientras hacés algo así vas pensando “hop, hop, hop, hop” con cada paso.
Cuestión que mi primer hop me avanzó medio metro, el segundo, un metro, el tercero y a estaba casi saltando hacia adelante y en el cuarto ya tenía que empezar a controlarme porque entre salto y salto me tragaba las paredes. Cuando doblé la esquina de la principal, que son como cuatro cuadras que si uno quiere ir a lo de Figueroa se toman derecho ahí aceleré.
Los chicos, que iban unos veinte metros adelante mío, al tercer hop ya estaban bastante atrás, y se sentía tan increíble, tan espectacular poder correr a cualquier velocidad, que al décimo hop, cuando se me estaba acabando el pueblo, pegué un salto y seguí así a los saltos, hop hop hop hop.
Cuando me cansé de correr hacia ningún lado, y para peor, en el barro de los potreros, di media vuelta e hice lo mismo para el otro lado. Encontré a los chicos cuando llegaban a la casa de Juan.
Estos estaban sin aire, agarrados de las rodillas, esperando para poder entrar a la casa sin levantar sospechas.
Yo estaba todo embarrado, así que, no importando las ganas de por fin ver una Penthouse de verdad (porque haría unas tres semanas antes, el Gordo Martínez había contado que el sí había visto una y, para no quedar como un gil, le había inventado que yo también, que obvio que ¡que tetas!, que ¡que culos! y que mi revista era la nº5 y otra sarta de mentiras que nadie aún así me creyó), me tuve que ir a mi casa a cambiar.
Capitulo 17
Y otra cosa:
¿Qué carajos importa que no pueda volar?
La gente, todos y en esta los incluyo a todos, todos, pregunta sin falta:
- ¿Y podés volar?
- No
- Aaahh (con tono decepcionado).
Mi pregunta es: ¿Quién corno conocen que pueda volar?
O mejor dicho: ¿Quién corno conocen que pueda volar y que además, exista?
Porque no falta el boludo (y estoy seguro que varios lo pensaron) que dice:
- Superman vuela.
Lo cual nos lleva al post anterior.
SUPERMAN NO EXISTE. ¡Supérenlo, por favor!
Capitulo 16
Ayer, cuando se posteó el capítulo anterior, me llamó un amigo desde Buenos Aires para preguntarme (y acá les dejo el chivo del signito de pregunta en la esquina, si no quieren pagar larga distancia, pueden hacer sus preguntas por ahí) cómo era posible que uno “descubriera” un superpoder.
La conversación fue un tanto violenta, el tipo repetía:
- ¿Y antes no lo tenías? ¿Y cómo sabés que no lo tenías? ¿Y si lo tenías y no sabías? ¿Y por qué justo ese día? ¿Qué había de especial ese día que no había el otro?
Toda una serie de preguntas pelotudas que, como no tenía muchas ganas de responder, le contesté con la verdad. Que ni idea.
No entiendo cómo la gente piensa que uno viene con manual de instrucciones.
El que sí tenía manual de instrucciónes era ese pelmazo de Superman, pero para que se enteren: “SUPERMAN NO EXISTE”.
Y si, estoy dolido, y si, me jode. ¿Que? ¿No me puede joder? Me rompe soberanamente las pelotas que me comparen con Superman. Que súperman esto que súperman eso.
Superman me chupa bien las bolas.
Listo, lo dije. Después les cuento lo de la supervelocidad. Ahora me voy que la vieja preparó el mate.
Capitulo 15
Esa tarde, a la salida de la escuela, volvimos a los galpones del ferrocarril en el límite del pueblo, para probar mi fuerza. Esta vez eramos Mateo, Juan Figueroa y yo. Ibamos a invitarlo al Gordo Martínez para que viniera pero éste seguia haciéndose el ofendido por la paliza que le habíamos dado entre todos y se había ido a su casa.
Al llegar a los galpones, empezamos a buscar algo sobre lo cual probar mi fuerza. Un problema con estos pueblos es que nunca sobra nada, menos todavía en épocas de inundación. Lo único que sobra, en estos casos, es el agua, pero para colmo, como es salada, no sirve ni para los cultivos.
Había si, unos pedazos de leña.
- Julito, Julito, ¡agarrá la leña! - y yo iba y agarraba un tronco.
- Julito, Julito, ¡agarrá esta otra! - y yo iba y agarraba el otro.
- Julito, Julito, ¡agarrá este otro! - y agarraba también.
Así nos pasamos unos buenos cuarenta minutos hasta que Juan dijo que su hermano había traído de Pehuajó una revista Penthouse y que la tenía escondida abajo del colchón de su cama.
En ese momento descubrí que también tenía super-velocidad.
Capitulo 14
Apenas llegamos a la escuela ese Lunes con Mateo nos hicimos los interesantes como que teníamos un secreto pero que no lo ibamos a contar. Pasa que cuando uno tiene, por fin, algo que contar en Mones Cazón, lo mejor es sacarle todo el jugo posible y la mejor manera de hacerlo es contar que tenés algo para contar, pero no contar qué.
Entonces, riéndonos y cuchicheando, logramos que el interés por nuestro cuento se agrandara hasta el segundo recreo.
En el post anterior dije que eramos siete, pero no conté que eramos siete varones. Y en mi curso había ocho chicas, pero como las chicas que iban conmigo no aportaban mucho (todavía) a mis problemas diarios sino que eran algo que “estaba ahí”, no suelen aparecer muchas veces.
En el segundo recreo, la intriga ya era tanta que el Gordo Martínez nos amenazó con una trompada grado dos a cada uno si no lo decíamos. Mateo aflojó y contó que yo había tirado una piedra tan pero tan fuerte, que había hecho patito y la piedra se había ido hasta el infinito.
Obviamente, la mayoría no lo creyó y lo desestimó por exagerado, y el Gordo Martínez nos dijo que como el cuento había resultado ser malísimo, nos iba a pegar la piña lo mismo que si no lo hubieramos contado.
Para retrucarle, nosotros le dijimos que el decía eso, porque tirar una piedra hasta el infinito era mucho mejor que haber hecho ocho patitos, y que incluso sus ocho patitos también estaban en duda.
Eso lo dije yo, y por eso es que me hice merecedor de una piña grado siete.
Hasta ese momento nadie había hecho la conexion (lo cual da una idea del nivel intelectual del pueblo) entre la fuerza para tirar una piedra y la fuerza en general, así que el Gordo Martínez no hizo más que tomar carrera (la piña grado siete le llevaba dos pasos de carrera) y lanzar su mejor trompada.
Yo cerré los ojos y apreté los músculos de la panza para recibir el golpe (también fruncí el culo, pero eso era más por el cagaso que por el golpe en si).
El Gordo pega, ¡PAF!, se rompe la mano y se tira al piso a lloriquear.
En ese momento, bien cobardes que eramos todos y sin entender del todo lo que había pasado, lo empezamos a patear.
Capitulo 13
El primero en no creer que le podía una buena tunda fue, como era de esperarse, el Gordo Martinez. Y, hay que entenderlo, la historia estaba de su lado. Ahora yo me pregunto por qué razón los chicos grandotes nos pegaban a los chicos, sobre todo si, en una escuela semi-rural, como la nuestra en Mones Cazón, no había otros para hacerse amigos. Eramos siete. Uno no puede andar por la vida prepoteando a los otros seis chicos de tu misma edad que viven en el mismo pueblo que vos por el sólo hecho de que son más débiles y no se pueden comer tres patas de pollo con piel al hilo y a eso agregarle postre.
Pero bueno, el Gordo Martínez era así. Hoy en día, quien venga al pueblo, lo va a encontrar atrás del mostrador de “Materiales Mones Cazón”, a la entrada del pueblo. Si lo ven, siempre sonriendo y macanudo y les ofrece llevar las bolsas con las compras hasta el auto o lo que sea, recuerden que es el mismo tipo que nos pegaba en la escuela. Lo peor es que esas son cosas que ya no se pueden ni reprochar. Es lo que a cada uno le toca.
Cuestión que antes de ser quien es hoy en día, el Gordo Martínez no ahorraba oportunidades para pegarnos en la panza y sacarnos el aire. Al parecer ese era su “golpe maestro” y decía tener hasta doce formas diferentes de dar trompadas a la panza, cada una con un tiempo de recuperación del aire o de la vergüenza determinados y los iba aplicando según la situación lo requiriese.
Que uno tire una piedra hasta el infinito (con un patito) y que eso sea mejor que ocho patitos semi-en duda al parecer te hacía merecedor de una piña grado siete. Como en la escuela no había mucho lugar a donde ir, lo mejor era que, una vez que el Gordo te decía cuál era la piña que te tocaba, que te la pegue y listo. Sino te pasabas el día sufriendo a ver cuándo te la iba a pegar. Y guay de que intentaras bloquearla, porque eso te hacía merecedor de una piña de dos grados más.
Una vez (la única vez que le desconfiaron de los ocho patitos) el gordo tuvo que pegar una trompada grado trece. En realidad, el quiso pegar una piña grado nueve, pero cuando se la quiso dar, el otro se tapó con el codo y de ahí pasó a once, que como se acabó el recreo se fue a trece.
Cuestión que cuando el gordo dio la piña grado trece, ya estabamos (y esto lo conté antes) todos convencidisimos de sus ocho patitos.
Capitulo 12
Me imagino que, si me conocen y están al tanto de que tengo super-fuerza (entre otros superpoderes), seguramente, entre todas las cosas que tienen en su lista de cosas para hacer, no aparecerá el venir a hincharme los huevos. De todo el mundo, por lo menos, espero que justo a mi no.
Pero no les puedo contar la cantidad, la infinidad de veces que vino gente a querer joderme los huevos, sobre todo porque tengo super-fuerza.
A ver, si a mí viene alguien a decirme que se tira unos pedos nucleares sin mancharse el calzón. Yo le creo. Y le creo por el sólo hecho que desconfiarle supondría que el tipo seguramente intentará rajarse reverendo pedo enfrente mío para que lo huela (incluso intentando agarrarlo con la mano y lanzármelo a la nariz, para más efecto) y que después me va a andar zarandeando el ojete para que compruebe que todo lo que debería estar limpio, de verdad está limpio, sin rastros de frenadas ni palomitas ni ninguna de esas desgracias.
Ahora, si todos nosotros podemos entender que a nadie, y repito, a nadie le conviene desconfiar de que ese muchacho efectivamente se raja unos pedos siderales y para mayor satisfacción, sin siquiera manchar el calzón, me escapa el porqué la gente no entiende que no les conviene venir a desconfiar de que si me joden los huevos, se van a llevar flor de paliza.
Es algo realmente sorprendente.
Y les juro que pasa.
Pasa y viene pasando desde el día siguiente que tiramos con Mateo las piedras.
Es más, estoy seguro que el tipo de la semana pasada, que entró en mi cocina con un camión de caudales y una esmeralda en un cofrecito vino por la simple y sencilla razón de que él no lo creyó.
Y para colmo de males, lo que sí creyó es todas las pelotudeces que mira en la tele cuando aparece un tipo disfrazado de celeste con un slip rojo diciendo que es Superman y viene del planeta Kripton a alimentarse del sol.
Todo eso si lo cree. Ahora, que yo le puedo dar una paliza y quedarme con su esmeralda para pagar los arreglos de mi cocina, no, eso no lo puede creer.
Capitulo 11
La segunda razón por la cual no dije nada de que, a lo mejor, al Gaucho Juárez le había pegado una piedra y no, cómo él decía, un abejorro, es porque en Mones Cazón hay muchos más abejorros que piedras. Incluso, para reforzar ese argumento, los abejorros vuelan, mientras que las piedras, no. Lo que nos lleva a la verdadera segunda razón, que es que nunca los relacioné. O por lo menos, no lo hice mientras el Gaucho Juárez seguía con vida, lo que sin duda fue beneficioso para el pueblo todo.
Ahora que lo leen así de seguidito (porque además, lo estoy escribiendo yo) seguro que todos ustedes dirían ¡era obvio!, e intenten convencerse de que inventaron la pólvora.
Pero no. No era obvio. El gaucho Juárez estaba a veinte kilómetros de distancia, y por más que en un principio con Mateo hayamos supuesto que la piedra se había ido hasta el infinito, veinte kilómetros, a esa edad, era mucho más lejos que eso, así que quedaba por descartado que al Gaucho lo haya bajado de un piedrazo.
¡Y ni les cuento si uno considerara las chances que existen de pegarle a un viejo arriba de un caballo a veinte kilómetros de distancia! Es estadísticamente improbable que suceda (aunque no imposible, evidentemente)
Con lo cual, yo llegué a la conclusión de que fue la venganza de Dios por robarse la limosna.
Lo que nos lleva a que hoy en día, que se murió el Gaucho Juárez, sigue habiendo dos cosas que uno no puede hacer en Mones Cazón. Robar la limosna y reírse de mi. La primera, además de condenación eterna, seguramente desemboque en algún piedrazo kármico, como ya desarrollé arriba. La segunda termina mucho más rápido.
Capitulo 10
En el pueblo cuando yo era chico había solo dos cosas que no se podían hacer: robar en la iglesia y reírte del Gaucho Juárez. El tema, también era que mientras que Dios es omnipotente y el castigo por la herejía inconmesurable, el Gaucho Juárez era bastante malo también y el castigo lo medía en rebencazos, si uno era chico, y en puntadas de su facón si uno era pelotudo.
Así que cuando al día siguiente se subió al tordillo con un casco de polo antiguo, que había sacado tranquilamente de una de las paredes del Magdala Polo Club (faltaban unos meses para que Federico Lamas abriera su famoso local de venta de cascos), todos los que por allí se encontraban lo tomaron con la más fingida normalidad. Uno de ellos intentó incluso replicar la misma hazaña de robar el otro casco que se encontraba en la pared tomando la misma actitud de pancho por su casa que había aplicado el Gaucho Juárez pero sin la misma suerte.
Y fueron tantos los golpes y patadones que le prodigaron los socios del club, que hubo que llevarlo al hospital de Pahuajó, en donde le vendaron el marote a modo de casco, cumpliendo, quizás de una manera un tanto sufrida, su propósito de hacerse de uno.
Hay varios que se estarán preguntando por qué no dije nada de que al Gaucho Juárez no le había pegado un abejorro y sí una piedra del ferrocarril. De entrada, porque yo, como casi todo el pueblo, al Gaucho Juárez le creía. Si el dice abejorro, entonces, ¡la puta madre, ¡qué abejorro!!
Como todo viejo de mierda, al Gaucho Juárez ya no se le daba por mentir. El veía el mundo de una manera y de esa manera el mundo era. Si por esas cosas de la vida, el mundo, para el Gaucho Juárez era un lugar donde todo se consigue rompiéndose el lomo (o rompiendo el ajeno), bueno, entonces no había nada que hacerle y así lo hacía.
Justo antes de morir, muchos años después de esta historia, Juárez admitiría haber robado, de chico, la limosna de la iglesia. Y eso que, por esos años, robar la iglesia era lo único que estaba prohibido hacer en el pueblo.
Un gran tipo el hijo de puta ese.
Capítulo 9
Si uno visita Mones Cazón el día de hoy (y les dejo un mapa por si quieren venir), van a ver a la entrada del pueblo una Virgen (María, del resto, hace rato, que ya no quedan) y si se fijan bien, apenas a la izquierda, un cartel que reza “Capital Nacional del Casco”.
Escuché decir, entre los pocos visitantes del pueblo que notan el cartel (el año pasado fueron dos), que esto causa gracia. Hay un chiste que recorre el pueblo que dice que Salazar (el pueblo vecino) quiso ser la capital del mani, pero que se lo ganó Hernando (Cba), porque ellos, además de tener el pito corto, también tenían plantas.
Es un chiste forzado, ya lo sabemos, pero bueno.
Cuestión que Mones Cazón es la Capital Nacional del Casco, y si van por las calles se van a dar cuenta por qué, y como es muy probable que nunca vengan, yo les cuento. La gente usa casco. No todos, ni todo el tiempo, claro. Si el pueblo tiene 2.000 habitantes, se estima habrá en el orden de los 1.300 cascos, contando los cascos de obra, de polo, de bici y de moto. Tanto es así que es la tercer industria del pueblo en tamaño, detrás del empleo público y la prostitución, a razón de 3 empleados públicos y dos prostitutas por cada vendedor de cascos (hay uno).
La locura por los cascos empezó ese día de 1994, cuando el Gaucho Juárez (y se pronuncia “áuuchu-juáre”) se cayó, a sus sesenta y cinco años, por primera vez del caballo cuando se lo llevó por delante un abejorro descomunal, mientras vadeaba algunos novillos en la Estancia la Margarita, a unos veinte kilómetros del pueblo. Cuando se despertó al día siguiente al pie de su tordillo, tendido entre la alfalfa y con dolor de cabeza, lo primero que hizo fue abrir sus alforjas para ver si todavía tenía llenas las petacas de aguardiente. Como estaban llenas, tomó un trago o dos y se fue al pueblo a comprarse un casco, desatando una moda que perdura hasta el día de hoy.
Ver Indicaciones de ruta en coche para mones cazon en un mapa más grande
Capitulo 8
Por suerte no me dieron en adopción, sino que me mandaron a lo de Robirosa, mientras arreglaban las cuentas con López (cosa que hicieron después de devolver la Telefunken al living). Como no lo dije antes lo digo ahora. Mateo, mi amigo, es Robirosa, y en esa época, no tenían tele, ni Telefunken, ni Siam, ni ninguna otra. Entonces en vez de quedarnos en su casa haciendo nada, decidimos ir a la laguna que se había formado pasando los galpones del ferrocarril. A molestar digamos. Cada uno de los dos teníamos puestos botas de goma, pero al llegar a la laguna nos las sacamos para ver cómo el barro atravesaba por entre los dedos de los pies.
Cerca de los galpones, encontramos algunas piedras. Uno suele pensar que siempre, cuando uno va a un lago o laguna, va a encontrar piedras, pero en Pehuajó este es difícilmente el caso, ya que cuando hay lagunas, es puro barro, tero y nutrias, y ninguna piedra.
Mateo zarandeó una y consiguió hacer tres patitos.
Yo tiré y se hundió de una.
El agarró, cosa que suelen hacer los chicos a la edad que teníamos en esa época, y empezó a explicar cómo tirar las piedras para hacer patito como si él hubiese inventado el deporte o yo fuese un pelotudo. Aún así, cuando tiró (y para angustia mía), bien pegadito al agua, le pudo sacar seis patitos.
Hasta ese momento, el récord de patitos lo tenía el Gordo Martinez, con ocho, pero como nadie lo había visto, esto estaba semi-en duda. Y es semi-en duda porque el Gordo Martínez era el más grandote del grupo, y el primero que dijo que no le creía se llevó una trompada en la panza que lo dejó, a él sin aire, y al resto sin ganas de contradecirlo.
Cuestión que me preparé, me agaché un poco, apenas tirado para atrás, y con toda mi fuerza tiré la piedra para que roce el agua.
La piedra picó en el agua y se fue, aparentemente hasta el infinito. Con Mateo no lo podíamos creer. Tirar una piedra así de fuerte era casí, pero no del todo, igual de bueno que tener pelos en el pito.
Capítulo 7
Retomando, la situación era esta:
Mamá, Papá, López y yo todos en el quincho, la tele prendida y la pared recién terminada cayéndose a pedazos sobre el jardín (por suerte, sin conejo).
Mamá grita (todo esto, acuérdense, parecía en cámara lenta):
- ¿Queeeeeeeeeaaaaaaassssseeeeeéiiiiiiiisssssss?
López grita:
- ¡Nnnnnnnnooooooooooooooooooooooooooooo!
Papá grita:
- ¡Looodeeebbeeeriiiaaammmooosssaaabbbeeerrrdddaaadddooo
eeennnaaadddooopppsssiiiooónnn!
